lunes, 25 de noviembre de 2019

Un poco sobre mi

QUIEN SOY Y CÓMO HE LLEGADO HASTA AQUÍ 


Siempre me ha gustado escribir, noto que, mientras escribo se organizan mis ideas, estructuro mis pensamientos y lo mejor, expreso y suelto mis emociones. 
Nunca me he atrevido a publicarlo, siempre escribía a escondidas, para pasar el rato y luego todo quedaba ahí, en un papel que siempre acababa siendo perdido.

Viví una infancia feliz, al menos así la recuerdo, unos padres que me han querido y estoy segura que lo han hecho lo mejor que han sabido. Mi hermana, otra gran aliada en mi vida con la que he compartido grandes e imborrables momentos.

En el colegio no me fue tan bien, siempre he sido una niña insegura, con miedo, y ahora que entiendo del tema, con una baja autoestima. Eso me llevó a tener amistades de gran apego que siempre han acabado por hacerme daño. Mi adolescencia no la recuerdo fácil, decidí irme de casa muy joven, tenía mis estudios y un trabajo fijo a jornada completa. Fui mamá por primera vez con 23 años. Para mi, tenía una vida perfecta. Tuve mi segundo hijo a los 24 y seis meses después me casé.

La vida seguía y por momentos pensaba que no era feliz, que no podía seguir así, pero no era capaz de salir de mi zona de confort. Sobrevivía, directamente no me planteaba sobre la calidad de mi vida, solo era consciente de que tenía un hogar y una familia, así que cualquier intento de romper mi bellísima comodidad quedaba fallido. 

Pero me armé de valor y decidí dar el paso, por mi, por mis hijos. Pero la vida no se quedó conforme con el duro tramo que supone dar este paso y un día antes de mi mudanza decidió darme las peores de las noticias. Mi hijo pequeño era diagnosticado de un tumor en el abdomen. La vida me golpeó con la mayor de las hostias, sin tener en cuenta que me sentía muerta en vida. 


Eran cerca de las 2 de la madrugada y aún no nos habían atendido, no era nada urgente, e incluso llegue a pensar si lo mejor era irnos a casa y dejarnos de tonterías. Estaba en plena mudanza y esa misma mañana del 28 de Abril de 2018 me llegaban los muebles a casa, tenia que madrugar ¡Qué pereza! Y ojalá hubiese madrugado... ojalá hubiese llegado a casa a las 5 de la madrugada y hubiese dormido 4 horas, pero no, no iba a madrugar, no tenía que tener esa preocupación, todo aquello que me angustiaba quedaba parado, llegaba a mi una nueva situación , algo que nunca me había pasado por la cabeza, esa preocupación nunca la había tenido, y ahora todas las demás quedaban atrás. Mi ocupación ahora mismo se centraba en que mi hijo superara un tumor que tenía en el abdomen de unos centímetros de diámetro considerables. 

Y ahora, todo aquello de lo que te lamentas día a día queda a un lado, te da igual si es Lunes o Viernes, si es Sábado y llueve y no puedes ir a pasar el día fuera, si has perdido el tren, si no te contestan un whatsapp y tiene el doble check azul, todo eso queda en otro plano. Creo que solo alguien que ha podido vivir esto podrá entender esa sensación de entrar en ese mundo ajeno que ahora te brinda la vida de forma involuntaria. Nosotros no queríamos estar aquí, no queríamos formar parte de esta lucha, no nos gusta este mundo, es una sensación impotente de querer escapar y saber que hagas lo que hagas no tendrás otro camino. Sientes que pierdes el control de tu vida, esto no estaba pensado ni preparado, son cosas que nunca imaginas. Y ahora tenía que aprender a vivir de la manera más contraria posible, al mundo del aquí y el ahora, al mundo sin prisa, al del día a día, a no saber qué pasará mañana, centrarme en el hoy, y por lo tanto, disfrutando cada segundo sin dejar escapar ninguno de ellos. Saboreando esas 24 horas que te brinda un día. Solemos decir que solo vivimos una vez, pero en realidad vivimos cada día, solo morimos una vez, pero cada día es un regalo, cada día vivimos 24 horas, 1440 minutos y en nuestras manos está cómo hacerlo. 
Lo más paradójico de todo, es que se pide vivir de esta manera cuando se lucha contra una enfermedad que suele destruir a la gente. No podía vivir el momento, no podía centrarme en que mi hijo se estaba sometiendo unas pruebas sin tener en la mente el mañana con unos resultados. Es muy difícil no pensar, no imaginar más allá. El peor problema es que nunca solemos imaginar a bien, pensar que todo irá bien es difícil, y siempre se suele centrar la cabeza en aquel pensamiento perdido que suele ser el más caótico, el peor de todos. Aún recuerdo una noche tumbada en la camilla al lado de Julen mientras lo abrazaba y mi cabeza imaginaba su funeral, sentía que lo perdía, que saldría del hospital, pero sin él, no estaba preparada para llorar la muerte de mi hijo. Ninguna familia está preparada para vivir ese momento, es el peor pensamiento que puede tener una madre ante su hijo. Pero mi cabeza era incapaz de centrarse en esa posibilidad positiva, los médicos, sin saber bien bien aún que tenía, me centraban en lo peor, se centraban en una metástasis ósea, medular e incluso sanguínea. Y ya es cuando te trasladan a la planta octava, la de oncología, y aquí ya sabes que todo va mal, y con los pronósticos que te van dando, parece grave, así que es muy difícil pensar que algo puede salir bien.
Pero aprendes, aprendes a ver algo positivo en toda esta historia, te acostumbras a no imaginar resultados, y que si tienes que pensar en algo, pues que al menos tenga una pequeña luz de esperanza

El camino es bastante largo, hay que ir cerrando puertas y quedarnos con aquello que realmente nos hace falta, sin imaginar, pero es muy difícil. Porque tras una prueba hay una espera, y esa espera es muy larga. Y mientras tanto, tienes que organizar tu otro lado de la vida, porque hay vida más allá de la planta de oncología. 

Realmente lo interminable acabó terminando, fueron 2-3 semanas hasta que obtuvimos un diagnóstico, hasta que pudimos ponerle nombre y apellido a ese tumor, hasta que supimos de que gravedad estábamos hablando. Y la buena noticia es que no era tan grave como parecía o como esperaban, aún así, las esperanzas no eran buenas, el riesgo de sobrevivir no eran altas. Tenía que responder de manera rápida al tratamiento, tenía que estar en remisión completa para darse por curado. Cuantas veces habré imaginado cuándo llegaría ese momento... ¡y llegó! ¡Vaya si llegó! Aquí me encuentro, escribiendo entre líneas todo lo vivido después de un año del diagnóstico, cuando Julen se encuentra en remisión completa y sin rastro de enfermedad. 

Ha sido un camino muy difícil, con importantes piedras, con grandes baches. Pero hemos aprendido, he aprendido a vivir cada segundo de mi vida, mi hijo me ha enseñado a vivir con fortaleza, a no resignarse. El aceptó el proceso, aceptó a ser pinchado cada día, a ser sometido a pruebas bastante rutinarias, sin quejarse, sin lamentarse, sin colocarse en la posición de víctima. Y aquí fue donde me planté, donde un día me di cuenta que buscaba una explicación al problema, me lamentaba y me quejaba preguntando sin respuesta que por qué a él, por qué a mi, que habíamos hecho mal, que había podido pasar para que la vida nos pusiera este duro trance. Y así pasaban días, días y días lamentándome, siendo y comportándome como una auténtica víctima, sin ser consciente y ni mucho menos creyendo que había otra forma de vivir ante tal catástrofe. Sentí que estaba muerta, que respiraba sin querer, que andaba sin saber, pensaba sin razonar, vivía por sobrevivir. Los días pasaban sin sentido, y la crisis existencial que viví hizo que tuviera un gran despertar. No aguantaría mucho tiempo más así. Toqué fondo, no podía ir más abajo, y tuve la gran suerte de poder elegir, si quedarme ahí o subir arriba  Pero al sentir ese click en mi cabeza, y gracias a una de las personas más maravillosa de mi vida, desperté.

Me encontraba en la UCI, delante de mi hijo, con el tumor recién extirpado, estaba ahí, inconsciente , intubado, sin saber que iba a ser de él. Cogí el móvil y escribí el siguiente whatsapp: “Sabes una cosa? Esta noche lo he pensado, sabes que me dijiste de acompañarte a tirarte en paracaídas? Pues bien, lo quiero hacer, ¿Sabes por qué? Por qué simboliza el momento que estoy viendo, un momento arriesgado, lleno de adrenalina, nervios y tensión. Un momento en el que te encuentras en el pico más alto y ya no hay marcha atrás y solo te queda un camino: tirarte y aventurarte a caer de la mejor manera posible. Vencer el viento y dejarte llevar por las corrientes para poner los pies en el suelo y tener éxito de la mejor manera posible. Así que si me lo permites, te acompaño”. No nos lo pensamos dos veces, y así lo hicimos, poniendo fin a los tratamientos, dando inicio a nuestra relación, el 1 de Septiembre de 2018 me lancé al vacío como la vida hizo con nosotros debido a la enfermedad. Y al principio, te sientes perdido, que te falta el aire, que no vas a sobrevivir, pero luego todo se controla, planeas y controlas los movimientos pese al peligro de estar en esa gran altura. 



Y AQUÍ ENTENDÍ LA VIDA

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